La partida de mi cuervo.
Creo que el cuervo se siente solo, creo que ha decidido irse y regresar con
su parvada.
Ahora que sus ojos brillan con humedad, me doy cuenta que no volverá
jamás, y que ya no interrumpirá algún sueño a media
noche con el sonido insistente de su pico contra mi ventana. Pese que desde
que él se encuentra tan distante, tan ausente y trizte porque sabe que
no soy la misma, aún agita con sus alas los dolores profundos que me
quedan grabados en el alma.
Y yo lo perdono porque se que lo hace por que me ama. Si hasta este día
se alimentó de toda mí tristeza, de las lágrimas que noche
a noche corrían desde mi cara hasta llenar mi cama de angustia, y yo
solo encontraba paz si veía mi cuervo en la ventana. No puedo reprocharle
el haber cerrado por tantos años mi puerta, con un hechizo o tal vez
con solo la fuerza de sus garras aferradas a mi dintel. Hasta ahora he estado
protegida, hasta ahora he tenido tiempo para sanar, aunque mil veces me he estrellado
en contra de esa puerta hasta sangrar, cuando la desesperación, la completa
ausencia de fe y la posibilidad de jamás poder decir a nadie: te amo,
enervaban mi paz y me vestía de furia y lograban que descargue todo este
sentimiento en contra de mi misma. Mientras mi cuervo observaba, desde arriba
quieto y en silencio que solo era interrumpido por mis gritos pidiendo ayuda.
Para luego, cuando mi cuerpo agotado y vacío de toda fe, yacía
en medio de la nada, en medio de la inmensa habitación de mi mente. Mi
cuervo bajaba desde su dintel, para con su pico sanar las heridas, sanar los
miedos, con sus alas espantar las dudas, y toda posibilidad de creer que alguien,
además de él, compartiría conmigo este espacio.
No puedo quejarme, aunque su amistad haya sido tan amarga que casi me quita
el hálito de vida, cuando su presencia era lo único que sentía,
cuando su aleteo al saltar de lado a lado de mi habitación eran mi único
aire, mi único oxigeno escuchar su graznido, cuando lo que quería
era escuchar la risa de alguien a mí alrededor.
No me ha privado de nada, sólo de mi propia enfermedad, que ahora se
ha dado cuenta y por lo que se resigna, me ha vuelto a habitar. Y desde hace
un tiempo, pese a que sus alas negras cubrían la entrada del sol, notó
que mi rostro tenía otro semblante, ese brillo cómplice de mis
ojos lo tenía obsesionado, ya varias veces me atacó tratando de
quitar esa luz de mi mirada... con tanta fuerza e insistencia, que tal vez de
permitirlo, se habría llevado mis ojos.
Pero siempre se detuvo a tiempo, siempre supo cuando era el momento de salir
de mi habitación y volver justo antes del amanecer, para cerciorarse
que estuviera bien, y que nada me faltara. Pero ahora que levanta vuelo con
el resto de los suyos, me ha dado por comenzarlo ha extrañar. Me siento
cómplice de su partida, ya que fui yo quien permitió que esta
paz entrara ahora en mi habitación, sabiendo cuanto daño le hacía
la luz he dejado que la sonrisa y los ojos de quien amo ahora, contaminen este
ambiente de felicidad y esperanza.
Y mientras veo sus alas negras perderse en la distancia, reflejando en su brillo
la persona en la que me he convertido ahora, siento pena desde el fondo de mi
corazón, por perder a mi triste compañero.
Aunque hay alguien ahora que comparte mi espacio, me provee de oxigeno y consiguió
que mi sonrisa vuelva. Aún tendré en mi corazón a mi alado
compañero, que se fue porque yo ya no le era útil, si no tengo
más penas con las que se pueda alimentar, sin la soledad que necesitaba
para apoderarse de mi dintel y guardar mis sueños.